jueves, 25 de abril de 2013

Dos historias… dos miradas diferentes

La siguiente historia la he escuchado unas cuantas veces. Cambian los personajes, las circunstancias, los países. Sin embargo, hay un denominador común: se pasa del deslumbramiento a la decepción.

Cuando me enamoré de ti eras lo mejor. Sin embargo, al separarnos, por más que lo intenté, no conseguí salir de mi perplejidad. ¡Eras una sombra! Sumabas tantas cosas mal hechas, y  que todavía sigues haciendo.  ¿De quién me enamoré?

Ahora nos toca negociar la custodia, los horarios de visita, las responsabilidades, y sin embargo, no paramos de discutir. Y lo hacemos con testigos. Las niñas nos miran con ojos desolados y confusos. Y me digo: ¡aguanta, esto lo haces por ellas!

En esta historia yo soy quien pierde. Sea como sea, no he dejado ni un segundo de tenerte en la cabeza para bien o para mal. Primero porque parecías responder a mi ideal del amor. Y ahora porque la ira que siento se vuelve contra mi, sin dejar de darle vueltas al daño que nos haces. He llegado ha pensar que estaba ciega.

Recuerdo que al principio tenía tanto miedo de que me rechazaras, que cuidaba mis palabras. Eras el pétalo de una rosa que me esmeraba en mantener terso y sin mácula.

Y no sé muy bien qué hizo que la convivencia se fuese torciendo. Empezamos a acostumbrarnos y a quejarnos el uno del otro, hasta que el sexo, las palabras y el estar cerca dejó de ser estimulante. Te fuiste convirtiendo en todo aquello que más odio, y que si un día imaginé, quise pensar que era un mal sueño.

¿Qué maldición es esta que me llevó al autoengaño? ¿Cómo fue que no fui capaz de verlo desde el primer momento? ¿Acaso este proceso de ilusión-decepción es inevitable?



Y esta otra historia historia, aunque con menos frecuencia, la he escuchado también unas cuantas veces. Palabras que se dicen cuando se aprende a vivir de otra manera. La generosidad propia del amor y del compromiso aflora cuando se comprende y se da la vuelta a reproducir en pareja convicciones limitadoras:

Sigo a tu lado y recuerdo como un mal sueño aquel tiempo en que dudé.

Entonces pensaba que hacía todo lo que había que hacer para que nuestra relación funcionara. Sin embargo, no eras feliz. Lo notaba en tus silencios, en la forma en que te distanciabas con la mirada.

Me decías que me había convertido en un personaje ausente y molesto. Y no sabía muy bien lo que me querías decir. No obstante, me daba cuenta que tu forma de tratarme me impedía cada vez expresarme. Notaba reacciones fisiológicas que acaloraban mi piel, y tensaban mi rostro.

De alguna manera me retrotraía a otros momentos que creía olvidados, y empecé a tener miedo de tus palabras. Nada más entrar a casa me prevenía, y tus preguntas me sonaban a exigencia.

Casi fue tarde para darle la vuelta. Era un mal entendido entre nosotros que iba creciendo como una bola de nieve. Cada día que pasaba más me sentía como cuando era niño. Ese que su padre no dejaba ser, y no me daba cuenta que te respondía como su dureza, era la misma que tanto rechacé.

No podía verte, ni tampoco tú a mí, sin embargo ambos hacíamos cosas que asociábamos a una forma personal de maldad. Replicábamos comportamientos y actitudes como si un apuntador nos las dictara. Eran la réplica de cosas que vivimos y que no pudimos soportar.

Pudimos decorrer el velo y aprendimos a conocernos. Ahora sé romper el encantamiento.