lunes, 1 de febrero de 2016

Cuídate de hablar de otro, te delata




¡El error del otro! ¿si es del otro, qué me lleva a hablar de ello, no estando presente? 

Yo  misma me he sorprendido más de una vez hablando de otra persona. Un ejercicio justificado en los debates políticos, también en programas de prensa rosa. Quizás sea un ejercicio interesante cuando nos mueve la admiración de ciertos valores, o actuaciones que pueden ser útiles como referencia. En esos casos lo que se busca es la inspiración en modelos.

Hay películas, personajes imaginados o reales, que nos conmueven. Nos inspiran de tal manera que nos motivan a un cambio personal, y empezamos por imitarles hasta descubrir qué tenemos de auténtico en nosotros. Sin embargo, cuando insisto en lo que otro hace mal, huele mal. Deja en evidencia un malestar que queremos exorcizar desprestigiando a quien nos provoca cierta inquina.

¿Qué me lleva a buscar justificaciones que confirmen el error del otro?

Te pillas insistiendo en algo. Y cuanto más notas que dejas en evidencia tu rechazo, más necesitas hablar de ello, justificándolo. Das una vuelta más a lo que acabas de decir. Tu interlocutor entonces se pone de tu parte en el momento en que insistes en encontrar “razones” o empieza a tratar de mediar a favor de la otra persona. La complicidad surge cuando se une a ti como ave de rapiña.

Esto no es nada nuevo. Lo hacemos. Sólo que necesitamos creernos nuestra buena intención. La cuestión ya no es el error del otro. Es cuando me pregunto ¿qué destapa el error del otro que no puedo con ello? Entre más visceral sea mi actuación de despellejo, más miedo tengo a reconocer aquello insoportable que permanece escondido a mi vista, en la trastienda de mi mente.


Si hay algo equivocado en el comportamiento del otro, ¿ayuda distinguir mi necesidad de tener razón?

Cuanto mayor es el empeño de tener la razón, más escondida está para mi lo que de verdad me inquieta. A veces es el deseo de que prevalezca una idea que tiene mucho peso, y la situación que nos me gusta la pone en tela de juicio. 

Es por eso que la escucha es peligrosa. Se evita el contraste y también el tener que admitir que existe una manera diferente de ver algo, persona o situación.


¿Hacer sangre con el error del otro es un recurso o una tapadera?

La emoción por excelencia que se esconde es la envidia. Nos ciega el camino hacia nuestra propia maestría. Convivimos con un mal entendido interno. Es a la vez un recursos y al tiempo una tapadera.  La envidia es una manera de hacer las paces con nuestro propio malestar y disconformidad. 

Su función es convencernos, comparándonos, de la imposibilidad a ocupar nuestro propio espacio, o la negación a una experiencia que nos permita el desarrollo de cualidades que nos son propias. Si,  eres envidioso cuando admiras, creyéndote carente. De ahí que si hablamos mal de lo que se admira nos garantiza no pasar por el riesgo de la experiencia.

La otra emoción en la trastienda: son los celos. Cuando miramos el error del otro lo vemos como una carencia nuestra.  Somos nosotros los defectuosos, sin embargo le culpamos de nuestra desconfianza.  Obedece a que los celos se basan en la imposibilidad. 

Te sitúas en una posición desventajosa al evidenciar que tal como eres defraudas a aquellos que quieres cautivar, o conquistar. ¿Qué hace que ponga énfasis en lo que no puedo darte, en vez de compartir lo que soy?  Y es precisamente por ello que los celos lleven a la obsesión.  Esconden una profunda cobardía para aceptar que a veces es mejor reconocerse real en vez de alimentar tus dudas persiguiendo a otros.


Ambas emociones, la envidia y los celos son elaboradas, y esconden una misma exigencia: que otros dejen de ser quienes son, y así no pasar por el dolor de vernos en el espejo de la infravaloración que un día creamos y a la que somos  leales. Lo contrario es convertirlas en un reto de superación.


Graciela Large de la Hoz
Coach de la mejor versión de ti mismo
Info@enrelaciones.com
www.gracielalarge.es

También puedes escuchar cómo hablamos del tema en el programa Dale que truene, en mi sección que se emite todos los jueves casi al filo de la medianoche en Onda Fuenlabrada, en Dale que truene: