Hace poco en un café escuché una conversación entre dos
amigas. Una de ellas aconsejaba a otra, que escuchaba con lágrimas en los
ojos. Estaban sentadas en un rincón del local, y no tendrían más de 40
años.
Con firmeza le decía: Paca, si no eres capaz de parar los pensamientos que te atormentan y que
te llevan a estar permanentemente triste, es mejor que le dejes.
Puede ser la frase común a cientos de mujeres que en este mundo no consiguen desligarse de relaciones o transformarlas a partir de un
cambio personal. En estos casos, pareciera que tener una relación estuviese
unido a cierta debilidad emocional.
El universo femenino va ligado ineludiblemente a los
afectos, a la madre, a las abuelas y a toda una ascendencia de procesos vinculados a cosas mundanas: la
tierra, la familia y la supervivencia. Las relaciones que las mujeres tienen se
convierten en el motor de su vida.
Con la revolución feminista se le dio a la mujer un
protagonismo social, que recupera para ella un papel ancestral que ya entonces
permitía preservar la armonía y la convivencia, enfocada en conciliar y propiciar
el encuentro entre las personas.
La mujer ha tenido que desarrollar una mente masculina para
ocupar su espacio en un mundo de hombres.
Sin embargo me pregunto hasta qué
punto en esa apuesta ha dado ventaja a la expresión de su verdadera naturaleza.
Y sobre todo, si consigue generar un aporte diferenciado a lo que se ha hecho
hasta ahora.
¿En qué medida su presencia en el mundo es un motor activo
para que el cambio se construya dando prioridad a las personas en vez de a los
resultados?
¿Hasta qué punto adopta para sí modelos en el trabajo y en sus relaciones afectivas que
concilien el encuentro y la unión?
¿Reconocemos que necesitamos cierta sensibilidad en los
afectos para que sea un nutriente en nuestras relaciones? Cuando esto no ocurre la insatisfacción alimenta el desbordamiento
emocional, y en el peor de los casos, la
infravaloración o la obsesión.
Existe una realidad social orientada a los resultados, donde
naciones enteras se someten a la proyección que marcan unos números. A la dureza
de lo que tiene que ser, sin que realmente importe en qué proceso de aprendizaje
se esté. Y aunque cueste reconocerlo, es la brújula que guía las decisiones tanto sociales como personales.
Hay dos mujeres que rigen los destinos económicos de Europa
y del mundo: la canciller alemana Angela Merkel, y la directora del Fondo Monetario
Internacional, FMI, Christine Legarde. ¿Son ellas claras exponentes de un
universo femenino que apueste por las personas?
Hasta qué punto las mujeres en los trabajos que ocupamos
damos valor a la relación como un elemento de transformación, de manera que
cada cosa que hagamos sea un nutriente que estimule el deseo de vivir, de
compartir, de innovar, sabiendo que desde ahí los resultados vienen solos.
Cuando las relaciones se han convertido en moneda de cambio
para resolver el momento, los afectos se convierten en depredadores de nuestra
naturaleza femenina. La mujer se va desvinculándo de su propia esencia, que
pide ser preservada y expresada de forma distinta a la tradicional.
Creo que la mujer tiene pendiente una apuesta diferenciada en la sociedad para que la soledad, el desamor y las relaciones indolentes dejen de obsesionar su mundo interno.
