domingo 29 de enero de 2012

¿Merkel y Lagarde nos representan?

Hace poco en un café escuché una conversación entre dos amigas.  Una de ellas aconsejaba  a otra, que escuchaba con lágrimas en los ojos. Estaban sentadas en un rincón del local, y no tendrían más de 40 años. 

Con firmeza le decía: Paca, si no eres capaz de parar los pensamientos que te atormentan y que te llevan a estar permanentemente triste, es mejor que le dejes. 

Puede ser la frase común a cientos de mujeres que en este mundo no consiguen desligarse de relaciones o transformarlas a partir de un cambio personal. En estos casos, pareciera que tener una relación estuviese unido a  cierta debilidad emocional.

El universo femenino va ligado ineludiblemente a los afectos, a la madre, a las abuelas y a toda una ascendencia  de procesos vinculados a cosas mundanas: la tierra, la familia y la supervivencia. Las relaciones que las mujeres tienen se convierten en el motor de su vida.  

Con la revolución feminista se le dio a la mujer un protagonismo social, que recupera para ella un papel ancestral que ya entonces permitía preservar la armonía y la convivencia, enfocada en conciliar y propiciar el encuentro entre las personas.  

La mujer ha tenido que desarrollar una mente masculina para ocupar su espacio en un mundo de hombres. 

Sin embargo me pregunto hasta qué punto en esa apuesta ha dado ventaja a la expresión de su verdadera naturaleza. Y sobre todo, si consigue generar un aporte diferenciado a lo que se ha hecho hasta ahora.

¿En qué medida su presencia en el mundo es un motor activo para que el cambio se construya dando prioridad a las personas en vez de a los resultados?

¿Hasta qué punto adopta para sí modelos  en el trabajo y en sus relaciones afectivas que concilien el encuentro y la unión?

¿Reconocemos que necesitamos cierta sensibilidad en los afectos para que sea un nutriente en nuestras relaciones? Cuando esto no ocurre la  insatisfacción alimenta el desbordamiento emocional, y en el peor de los casos,  la infravaloración o la obsesión.

Existe una realidad social orientada a los resultados, donde naciones enteras se someten a la proyección que marcan unos números. A la dureza de lo que tiene que ser, sin que realmente importe en qué proceso de aprendizaje se esté. Y aunque cueste reconocerlo, es la brújula que guía las decisiones  tanto sociales como personales.

Hay dos mujeres que rigen los destinos económicos de Europa y del mundo: la canciller alemana Angela Merkel,  y la directora del Fondo Monetario Internacional, FMI, Christine Legarde. ¿Son ellas claras exponentes de un universo femenino que apueste por las personas?

Hasta qué punto las mujeres en los trabajos que ocupamos damos valor a la relación como un elemento de transformación, de manera que cada cosa que hagamos sea un nutriente que estimule el deseo de vivir, de compartir, de innovar, sabiendo que desde ahí los resultados vienen solos.

Cuando las relaciones se han convertido en moneda de cambio para resolver el momento, los afectos se convierten en depredadores de nuestra naturaleza femenina. La mujer se va desvinculándo de su propia esencia, que pide ser preservada y expresada de forma distinta a la tradicional.

Creo que la mujer tiene pendiente una apuesta diferenciada en la sociedad para que la soledad, el desamor y las relaciones indolentes dejen de obsesionar su mundo interno.