martes, 24 de febrero de 2015

Valentía y Magia... se escriben en el mismo renglón


Magia a la luz de la luz de la luna. La última película de Woody Allen crea una deliciosa oposición entre lo aparente y lo concreto. Juega con el escepticismo, la mentira, la envidia para resolver la gran pregunta: ¿debemos engañarnos a nosotros mismos para salir adelante en esta vida?

El reto es reconocerse en el personaje masculino: un mago reputado y antipático. Imaginarse obsesionado con la mortalidad, no creer en nada y no encontrarle sentido a la vida. Es propio de quien busca su misión sin hallar referentes. Y lo digo porque aunque se nos diga que las respuestas están dentro, la mayoría de nosotros, y entre ellas me incluyo, sólo sabemos descubrirles en relación. 

Es así como la propia misión es algo que a veces nos atropella, más por nuestra ceguera que por la mala intención de alguno.  Ciegos y escépticos. De ahí que caminemos poniendo a prueba la verdad de personas, ideales y proyectos. Es una reacción natural de quien ha perdido la fe en la magia interior. 

Nuestro personaje, conocido como el gran Wi Ling Soo, está convencido de que no hay nada verdadero. Pese a su genialidad, posee el encanto de una epidemia de tifus. Algo que le dice a la cara su colega, también mago, y quien movido por la envidia, le pone a prueba. Para este colega no hay nada en el mundo comparable a lo que hace su amigo.

Sin embargo, la máxima motivación del genio es desenmascarar a los falsos espiritistas. Descartar la existencia de un mundo espiritual, dado que la razón es un buen refugio cuando no se encuentra sentido a la vida. 

Un oasis que representa su novia Olivia. Interesante elección si lo que quiso es escapar de la realidad. Olvia está llena de lógica y sentido común. Y con ella distrae su aburrimiento.


El aburrimiento de los escépticos

Ciertamente todos escapamos de una u otra manera; atemorizados de figuras imaginarias o retos que nos parecen imposibles. Quizás sólo demos la espalda a una parte negada. El  beneficio de vivir en la opción de la permanente huida. Crédulos de que vamos en pos de la verdad. ¿Cuál?

El escapismo lo apunta uno de los personajes. Nadie mejor que un psicoanalista para una  película de Woody Allen. El doctor nos informa de la obsesión del mago; de su tendencia depresiva; y también, de lo que hacía antes de convertirse en un gran mago chino que evapora elefantes.

Un Lord inglés. “Un perfecto depresivo con todo sublimado en su arte. Y es menudo artista. Empezó como escapista. Interesante elección si alguien alguna vez quiso escapar de la realidad... Pero como Freud no se dejará seducir por pensamientos infantiles, sólo porque son reconfortantes... Un hombre infeliz. ¡Me gusta!

Nos gustan los infelices por su sensatez. En su deseo de que las cosas permanezcan como están nos acomodamos. Que nada desafíe la lógica de lo que es posible. Ya sea que estemos desesperados por las necesidades materiales, o ricamente rodeados de ellas.

En ese ambivalente estado la magia representa la opción posible para aquellos, que con alma de embaucadores, terminan por creerse sus propias mentiras, sin considerar los riesgos ulteriores al autoengaño.

Quien reta al mago es una joven con supuestos poderes de medium, que es capaz de adivinar el pasado y contactar con los muertos. Sophie Baker le pregunta: ¿pero quién va a querer a un aburrido pesimista? 

Ella le incita a sentir que la magia está en el aire. Eso que está más allá de lo aparente y que podemos descubrir de repente en medio de Madrid, dando un paseo entre árboles centenarios. 

Entonces el sonido de los coches desaparece, y el instante se detiene. Todo el aire se contiene a tu alrededor haciendo chispotear los sentidos. Casi puedes percibir cientos de diminutas presencias que te acompañan dispuestas a recrear lo que tu imaginación necesite. La muerte de lo que llamamos realidad.

Como en la película, es un presente que genera impresiones sensoriales que nos devuelven la credulidad de los niños. Esa certeza de que todo puede cambiar en un instante. Para comprender que sólo espera sin esperanza quien desconoce la conexión con el presente, que todo lo provee.

Y Sophie es para el gran mago el desafío de lo imprevisible. Abrir la puerta y dejar entrar algunas mentiras en la anodina vida. Esas elecciones que tambalean lo que nos decimos que es real y también lo que no es. ¿Cuánto nos dura la certeza de creer que hay algo más que lo aparente?

A veces nos resulta insoportable el hecho de que nuestra misión esté en manos de algo que confabula a nuestras espaldas con otro algo más allá de nosotros. Como si nuestra esencia se entrevistase sin nuestro consentimiento con un amante secreto llamado Dios.

Y de hecho nuestro genio protagonista se rebela ante esa posibilidad. ¿Rendirse a que un sentido de vida esté unido a la idea de un padre benevolente, y que además responda a un plan mayor? Una encrucijada entre la fe y la duda. ¡No es posible! Esa chica tiene que ser una impostora. ¿Algo puede prevalecer cuando la magia que te ha devuelto a la vida es tan sólo una ilusión?


Lo que niego, lo envidio

Lo negado emerge en forma de otro. Materializa esa oposición que tiene la fuerza de sacarnos una y otra vez de nuestra zona de confort.  La mejor representación de lo que antes decía. Esa relación ignorada entre nuestra esencia y Dios.  Cualquier otro, y mucho más un amante o pareja, nos sacude de tal manera que nos incita a soñar, pese a que nos empeñamos en lo contrario.

O se produce el milagro de aprender a mirar el lado oculto en los ojos del otro, o es un recorrido salpicado de trampas.  Mirado en profundidad solapa competición y envidia. No os extrañe considerar que el malestar que aflora en nuestros mejores encuentros tenga escondido algo de esto. 

Sino cómo se explica que ese instante de amor, que nos hace enamorarnos; Ilusionarnos sobremanera, se diluya hasta creernos que el otro nos ha decepcionado o faltado. En ese punto solemos reconocer que ha muerto la magia y apuntamos con el dedo al otro. 

Puede que estéis conmigo en que sea más fácil ver la pérdida de la magia en relaciones de amistad que en la pareja. Para algunas personas quizás sea todo lo contrario. De cualquier manera, la opción de responsabilizarse de las propias mentiras o del escepticismo no es tarea en la que se atine.  Se enreda con creencias que justifican nuestra particular manera de ver el mundo y el amor. 

Socialmente se alimenta la magia en el amor como algo que emerge fuera de nosotros mismos. ¿Qué pasaría si supiéramos que lo que resuena, que pareciera provocarnos personas, situaciones o proyectos, lo admitiésemos como nuestros?  Vincular a nuestros miedos ocultos nuestro gran potencial.

A veces los amigos son la única manera que tenemos para vencer la mayor de las mentiras: el medir tu valía en comparación a... En Magia a la luz de la luna, el mago amigo del genio le envidia sin mirar su potencial. El que, sin embargo, termina por aflorar para poder ganarle.

Mis habilidades eran iguales que las tuyas. Ambos practicábamos día y noche. tu emergiste como el gran mago. No es justo”. (...)  “Engañé al hombre que no puede ser engañado”.

¿A quién engañamos? Cuando nuestro potencial depende de una medida externa a nosotros, sea un amigo, la pareja, o un maestro, se pierde la única magia posible: la conexión consigo mismo. Ese estado de pureza que todo niño tiene mientras juega. Al instante materializa lo que quiere. Hace aparecer y desaparecer, vital, despierto y alegre.

Ese mismo estado ocurre en los primeros momentos en que surge el amor. En que surge la magia de experimentarte completo más allá de lo aparente...


Artículo de Graciela Large Publicado en la Revista VerdeMente del mes de febrero de 2015.