domingo, 27 de julio de 2014

Paremos la guerra


En pareja hay que pillar al comodín...


Es imposible abstraerse a la guerra. Los titulares de la prensa impresionan. Me percibo sentada en un polvorín a punto de estallar. Gaza, Ucracia, Siria, sólo por mencionar los tres focos a los que más portadas se dedican en la prensa internacional.

¿Qué puedo hacer? Me he preguntado estos días. 

Quizás alertar sobre el origen de todas las guerras: el deseo de algo que está por encima del amor, y de intenciones que claudican ante sentimientos de venganza, traición o pérdida. Y que nos dominan aunque digamos que queremos arreglar las cosas.

Cuando una pareja empieza esos deseos están latentes, dormidos. Así que conversar con ellos para que por sí mismos descubran recursos de entendimiento, - a través de sus valores activos -, es casi un juego de metáforas.  Y si son jóvenes, es fácil que a las diferencias se les pueda dar fácilmente la vuelta. El sentimiento está a favor de la relación, y ésta, por supuesto, se quiere preservar. 

Sin embargo, cuando la relación se ha enrocado en los deseos no cumplidos la guerra se larva por estas fechas, o simplemente estalla. Y puede que la intención sea la de querer entenderse y rescatar el amor que pareciera mantenerle juntos. Se intenta más no se hace.

Lo que dicen tiene siempre un doble sentido. El reclamo de una mente retorcida que ha guardado, callado, y que ahora exige ser resarcida.

De ahí que la guerra jamás es honesta, ni respeta del integridad del otro. Sólo se lanzan palabras, las razones de un deseo que justifican el reclamo, el ataque y la justicia. Una justicia sesgada que sólo contempla un punto de vista: el de uno. Por lo general lleno de percepciones y creencias limitadoras.

De manera que en una conversación para el entendimiento tienes que contar con un tercero en discordia. Una especie de comodín dentro de cada miembro de la pareja, que estará orientado a abortar cualquier avance. Cuando pareciera en la conversación, que es posible una conciliación, se lanza un misil que rompe la tregua.

Es el modus operandi del deseo de algo que ambos retroalimentan para evitar aprender. Y no se trata de un aprendizaje con el otro. Es lo contrario. El otro es la tapadera para no hacerlo. De ahí que sea vital que esté con su problemática. Allí a tu lado, y que haga lo que hace. 

De esta manera se garantiza seguir luchando por deseos incumplidos. Cuya responsabilidad ponemos fuera de nosotros, en vez de plantearnos ¿Para qué esta locura?  ¿Qué quiere realmente el deseo que me pone tan reactivo?

Soy testigo de la guerra entre dos personas que dicen amarse, y que, sin embargo, no están dispuestas a renunciar a un deseo, que pudiendo resolver viéndole como un tesoro y un logro de aprendizaje personal, es más importante que el entendimiento.

La pareja en guerra refleja un conflicto del Yo, en un intento desesperado de poner fuera de sí una llamada al cambio. Un cambio que le llevaría a compartir, a saber elegir compañeros/as sin trampas, y a descubrir el verdadero sentido de la relación desde el amor.

Tomemos consciencia. La lucha por el territorio en pareja es sólo el reflejo de una conquista aplazada durante años: recuperar el espacio de ser uno mismo.