domingo, 13 de abril de 2014

¡Vivamos el Amor!


¿Qué pasa estos días que más de uno se obsesiona por el amor de alguno que no está y ha dicho: ¡NO!?  O deciden súbitamente dejar una relación porque se han enamorado de alguien distinto a su pareja. ¿Qué nos pasa?... Dicen por ahí que es culpa de la primavera que mueve el imperioso deseo de vivir el amor.

Es lo contrario. La Primavera nos pone a prueba y rompe falsas ilusiones acerca del amor.

Ese despertar de sensaciones que trae el viento, la luz del sol, el polen que corretea con su llamada a la fertilidad, mueven el deseo y el recuerdo. Es una ancestral llamada que invoca en el hombre el reencuentro con el amor a uno mismo al relacionarse. Una voz que sólo sabemos escuchar, o eso creemos, cuando nos enamoramos.

¿De quién?

Puedo contar con los dedos de mi mano a las personas  cuya  mirada de amor esté descontaminada del recuerdo del desamor. Y lo sé porque cuando se mira y no se recibe lo que se espera,  hay uno NO por respuesta, o se rompe la ilusión,  sobreviene la obsesión, la pérdida de identidad, y el miedo, en unos casos; o en otros, el rechazo, la amargura e indiferencia, y terminamos diciendo que nunca hubo amor. Simplemente me equivoqué de persona.

La reacción dependerá de la visión que tengamos del amor, que es directamente proporcional a nuestra dificultad, o no, para expresar, regular o reconocer emociones. Y en especial, de saber estar en nuestra propia realidad. Algo que se logra con el autoconocimiento.

Las reacciones habituales, que han dado lugar a cientos de historias de amor, celos, tragedias e infidelidades, son la evidencia del recuerdo de desamor.  La imperiosa necesidad de algo,  que la persona de la que nos enamoramos representa y que convierte en obsesión relaciones prematuras, o en decepción, las añejas.

Siento romper el romanticismo. Y romperlo duele porque nos deja ante la gran pregunta: ¿entonces qué es el amor? ¿Qué es compartir con otra persona?

Que el amor vaya y venga, o no esté en algún momento parece lo natural. Sin embargo, normalizar algo en ningún momento le autoriza como verdad. ¿De qué amor hablamos entonces? 

La atracción es la condición del amor en pareja. ¿En qué se basa? La condición fisiológica de la atracción es el deseo, que está conectado al recuerdo más primario: nuestro desarrollo infantil.  En esa etapa se tomaron decisiones que muchas veces no recordamos y que nos dieron identidad.

El principio de la atracción es el deseo de lo que no se tiene, asociado a una imagen concreta unida a un valor o criterio, que llegamos a la conclusión que no le teníamos. Me enamoro para tener, en vez de aprender.  Salvo excepciones.

Buscamos una especie de llave maestra que nos enloquece hasta la desesperación cuando creemos perderla.  Sin embargo, cuando la tenemos, cuando encontramos a la persona que la tiene, cientos de personas se decepcionan y el enamoramiento desaparece. Es que la rutina, el roce, la convivencia... ¿Lo es?  ¿Son la causa de lo que pasa después?

El resultado es que nos anulamos, sintiendo que su cualidad nos deja en evidencia.  O somos nosotros quienes señalamos los granos del otro. ¿Qué pasa entonces?

 ¿Tiene el amor tiempo de caducidad? Eso parece. Y seguirá siendo así hasta que no cuestionemos una evidencia: lo que se busca y se encuentra me deja siempre en el mismo lugar: vacío de mi mismo, sino sé quién soy. Y si creo tener la imagen que busco y estoy volcado en ser lo que no soy, por influencia del otro, es también la muerte del amor. Viviré mosca, con el miedo a la pérdida detrás de la oreja, con la necesidad de poseer, controlar y garantizar algo que parece amor,  que por lo menos, me da cierta seguridad.

Sí, relaciones hipotecadas... He escuchado cientos de frases como estas:

- No le amo, pero estoy tranquilo. Ya no tengo que padecer esa desesperación que me desdibujaba. 
- Es mi amiga, pero no estoy enamorado. Tenemos una vida basada en el respeto mutuo.
- Hago la vista gorda porque le quiero. Sé que me es infiel, pero es un buen hombre.
- Ya no me importa lo que me pueda pasar. Aunque pierda la custodia de mi hija; le quiero y no puedo vivir sin ella.
- Está tonteado con otra. Me saca de quicio aunque todo el día me quejo de lo que hace y de lo feo que está.
- Todo ha sido una mentira. Nos estamos haciendo mucho daño. Ya no le amo.
- Es que mi amante tiene lo que no tiene mi marido. Yo necesito salir, socializar.
- Me doy cuenta que me controla, que no soporta que haga mi vida. No me importa. Cuando estoy  con él me lo paso genial.
- Me voy, se lo ha dado todo y ni siquiera lo reconoce. Soy un trapo para él y para sus hijos.
- La quiero, más nunca hemos hablado de qué nos une, ni en qué basar la relación.

Todas estas frases tienen un recuerdo. Conclusiones de lo que creen que necesitan. Todas dicen: no me conozco, ni quiero conocerme. Prefiero creer que el amor, que enamorarme de ti, me dará lo que necesito.

¿Cómo puedo saber entonces DE QUIÉN me enamoro si mi mirada es producto de esa búsqueda? 

El amor triunfa y lo hace sólo cuando te amas y te conoces lo suficiente. Ya no habrá filtros que hagan del recuerdo tu elección.